La Libertad -  Arqueología e Historia

 

En el departamento de La Libertad florecieron dos de las más importantes culturas del prehispánico peruano, las culturas Mochica y Chimú. La cultura Mochica fue al parecer un grupo de estados independientes que habitaron los valles de Moche, Chicama y Virú hacia el siglo II d.C. Su legado cultural no se concentra tanto en recintos arquitectónicos, sino en los elementos y materiales que utilizaron en su vida cotidiana. Principalmente es a través de los ceramios moche que se ha conocido las costumbres de esta civilización y por el que tenemos mayor información de su historia, que se ha constatado, con los importantes hallazgos arqueológicos. Según Rafael Larco Hoyle, son cinco las fases que presenta la cerámica moche, de acuerdo al período temporal en el que fueron creadas. Así, a cada etapa corresponde un estilo particular. Los huacos retratos grafican la vida y los motivos indican su relación con el mundo que los rodeaba. La cultura Chimú se desarrolló muchos siglos después; se cree que sobre el terreno que actualmente ocupa la ciudad de Trujillo se dieron desde el siglo IX. Lo cierto es que la cultura Chimú fue un importante foco cultural de la costa peruana, su capital, Chan Chan, la ciudad de barro más grande de América, aún es posible contemplarla en algunas partes tal cual era antes de la llegada de los españoles. Gracias a que en la costa casi no llueve, los frisos se han conservado en perfecto estado. Los incas, anexaron el reino Chimú a su imperio durante el gobierno de Minchancaman (siglo XV), tal como lo narra la crónica del padre Calancha.

Asentamientos prehispánicos

La historia de la tierra liberteña se confunde con la de los primeros pobladores del Perú: los cazadores nómades. El hallazgo de dos esqueletos humanos en Cupisnique, asociados con la tradición lítica Paiján, datan —según el radiocarbono— del año 8250 a.C. y corresponden, por lo tanto, a los restos humanos más antiguos descubiertos hasta hoy en el territorio peruano.

A los cazadores nómades y horticultores seminómades siguieron los sedentarios: los restos encontrados en Huaca Prieta (Chicama) datan del 2500 a.C. Posteriormente se desarrollarían las culturas Cupisnique, Salinar y Gallinazo, que darían paso a la notable cultura Moche.

Cultura Mochica

En este departamento se han encontrado restos que corresponden a los primeros grupos prehispánicos más importantes de la zona norte. Grandes civilizaciones, como la cultura Mochica, ocuparon los valles de Moche, Chicama y Virú del siglo III al VIII d.C. La dispersión de esta cultura rebasó las fronteras departamentales llegando hasta Piura, Cajamarca y el valle de Nepeña en Ancash.

Pero fue el valle de Moche el centro político principal del Estado Mochica, como atestiguan la Huaca de la Luna y la Huaca del Sol. Ambos impresionantes edificios piramidales hechos en adobe se hallan a una distancia de 500 metros, espacio que posiblemente sirvió como zona de vivienda y necrópolis. Según el mito recogido por el cronista Calancha, la Huaca del Sol se construyó en sólo tres días, con la intervención de 200 mil hombres.

La cultura Mochica se caracterizó por un alto nivel artístico, como también por su arquitectura monumental (a juzgar por la Huaca del Sol y la Huaca de la Luna).
El cultivo y la tecnología agrícola promovieron notablemente el crecimiento poblacional en esta zona, lo cual configuró asentamientos con administración propia vinculados a labores agrícolas. Estos núcleos poblacionales dependían de un poder
central, compuesto por grandes y ricos señores, como atestigua la tumba del Señor de Sipán en Lambayeque. La vida de estos grandes curacas estuvo íntimamente ligada a un poder ceremonial y religioso, que determinaba todo aspecto de la ideología moche. Esto se puede vislumbrar en las representaciones que han dejado en las “pinturas murales” realizadas en los centros de culto. En la Huaca de la Luna se aprecia el rostro del dios Aia-apaec circundado por olas marinas. Otra pintura mural se encuentra en la Huaca de la Luna; este panel ha sido llamado por los estudiosos como Rebelión de los artefactos, pues representa objetos utilitarios que cobran vida con rasgos antropomorfos y con armas en mano asesinan a los hombres que los han creado. Una de las más importantes representaciones murales es la que se encuentra en la Huaca El Brujo, en donde se presentan escenas de guerra, grandes señores y aspectos rituales vinculados con el temible dios decapitador.
Otro rasgo cultural de gran importancia de los mochicas fue la cerámica. Destacan los llamados “huacos-retrato” y las vasijas pintadas con escenas de la vida cotidiana, batallas rituales y motivos religiosos. Esta cerámica, considerada sumamente compleja en su elaboración y estilo, suele tener forma globular y asa a manera de estribo.

Cultura Chimú

Del siglo XII al XV d.C., la región fue testigo del auge logrado por la cultura Chimú, uno de los estados regionales más complejos del antiguo Perú.
Chimú, o reino Chimor, corresponde a una entidad política que desde Chan-Chan, su capital, manejó un territorio primordialmente costeño, desde Tumbes por el norte, hasta Barranca por el sur, con posibles efectos culturales en el valle de Chillón, totalizando unos mil kilómetros de extensión. 
Su capital, Chan-Chan (“Sol-Sol” en dialecto mochica), la metrópoli de adobe más grande de América prehispánica y segunda en el mundo, se extiende en una superficie de 20 km2 y se compone de 10 grandes conjuntos llamados ciudadelas. Aparentemente, cada ciudadela correspondió a un gobernante y han sido llamadas: Bandelier, Chayhuac, Gran Chimú, Rivero, Squier, Laberinto, Tello, Tschudi, Uhle y Velarde. Algunos investigadores señalan que el inicio de la ocupación en Chan-Chan se realizó alrededor del 850 d.C.; un segundo momento fue de consolidación, entre 1125 y 1350 d.C.; y un tercer momento, hasta 1470 d.C. Además de la impresionante y compleja planificación urbana, podemos apreciar, en Chan-Chan, bellos frisos modelados en relieve con decoraciones de figuras geométricas, aves y peces.
Gracias a los estudios de la crónica de Calancha y la Gramática de Carrera realizados por Rowe, se sabe que la Chimú fue una sociedad compleja y estratificada. Estos documentos dan un conjunto de nombres que especifican categorías, rangos y funciones: el ciquic era el gran señor; los jefes regionales o curacas eran los alaec; los fixl eran los guerreros; los paraeng, los vasallos y los gana, los sirvientes.

Esta civilización destacó por su excelente trabajo en metales, principalmente en oro, y por sus avanzadas técnicas en agricultura, plasmadas en extensas redes de acueductos, como se puede apreciar en sitios como La Cumbre, El Milagro, Katuay y Quebrada del Oso. 

El origen de los chimúes se encuentra en el mito de Tacaynamo, recogido en los primeros años del siglo XVII por un cronista anónimo. Según este mito, Tacaynamo desembarcó en las playas del valle de Moche con su séquito. Establecido en las nuevas tierras, fundó una dinastía que tuvo veinte gobernantes. Uno de ellos fue Minchancaman, un gran conquistador que extendió sus dominios, partiendo de Chan-Chan, hasta Tumbes, Huaura y el valle del Rímac, en donde fueron derrotados, debiendo retroceder. Pero fue el mismo Minchancaman quien, en la segunda mitad del siglo XV, tuvo que hacer frente a los ejércitos del inca Pachacútec, al mando de su hijo Túpac Inca Yupanqui, quien lo derrotó y anexó, junto con los huamachucos (provincia Sánchez Carrión), al Tahuantinsuyo; así atestigua el cronista Cieza de León en 1553.

La Colonia y la Emancipación

A fines de 1534, con la llegada de los conquistadores españoles al valle, se fundó Trujillo y en 1537 recibió el título de ciudad. Con el tiempo llegó a ser una de las zonas más ricas del norte del Virreinato, tal como lo atestiguan las bellas y señoriales casonas que aún se conservan.

En 1784, Trujillo se convirtió en intendencia. Ésta era su situación cuando, al conocer la proximidad de la Escuadra Libertadora de San Martín, el marqués de Torre Tagle proclamó su independencia el 29 de diciembre de 1820. Trujillo fue la primera ciudad del norte en hacerlo.

La República

Los comienzos de la vida independiente fueron difíciles para los liberteños como para el resto del país. Las luchas caudillescas y la crisis económica afectaron a toda la población; sin embargo, las haciendas azucareras sobrevivieron gracias al comercio con Chile. La situación empezó a cambiar en 1850, cuando los ingresos provenientes de las ventas del guano permitieron invertir en la agricultura costeña, orientándola a la exportación. De este modo, la aristocracia agrícola del valle pudo disfrutar de una vida señorial y opulenta.

Con algunas variantes, la situación continuó con estas características hasta que estalló la Guerra con Chile (1879-1883). El conflicto afectó toda la producción y la economía del departamento; los propietarios vieron cómo el enemigo saqueaba y destruía sus plantaciones, reduciendo la producción hacendaria a una economía de subsistencia.

Durante la invasión chilena se libró, como corolario de la Campaña de la Breña, la batalla de Huamachuco. Allí fue capturado y fusilado el coronel peruano Leoncio Prado.

Terminada la guerra, la recuperación fue dolorosa. No había facilidades de crédito, la mano de obra era mínima y la escasa maquinaria que quedaba en funcionamiento era obsoleta. Sin embargo, hacia fines de siglo, comenzó a configurarse otro panorama: las haciendas de propiedad de los terratenientes nacionales fueron absorbidas por tres empresas agrícolas: Casa Grande, Roma y Cartavio. Los Gildemeister, los Larco y la Compañía Grace sus propietarios respectivos, simbolizaban la nueva era, signada por la presencia del capital extranjero y el trabajo de los indios “enganchados” que formaron el proletariado agrícola. Además, la coyuntura internacional favorecía las exportaciones de azúcar, especialmente durante los años de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Todas estas transformaciones ocurridas en los valles de La Libertad crearon las condiciones para el surgimiento de agrupaciones políticas de clase media, sindicalistas y de discurso antiimperialista, como el APRA. Su líder, Víctor Raúl Haya de la Torre, logró movilizar gran parte de la clase media rural de comerciantes, artesanos e inmigrantes de las serranías, cuya situación se había alterado por la expansión de las plantaciones. Muchas personalidades que se identificaron inicialmente con el movimiento, incluidos los intelectuales del célebre grupo “La Bohemia de Trujillo” (César Vallejo, Macedonio de la Torre, José Eulogio Garrido Malaver y Antenor Orrego Espinoza), vinieron justamente de esos sectores desplazados. En las elecciones de 1931, aproximadamente el 44% del total de los votos apristas correspondió a los departamentos del llamado “sólido norte”, circunstancia que explicaba el contenido de la ideología aprista. Su discurso nacionalista tuvo eco entre aquéllos cuyos recursos productivos —tierras, pequeñas industrias y comercios— fueron absorbidos por las inmensas plantaciones extranjeras.

Sin embargo, la derrota de Haya en las elecciones de 1931 trajo como consecuencia una lucha sin cuartel entre el Gobierno, representado por Sánchez Cerro, y la militancia aprista. Estos enfrentamientos llegaron a un punto crítico en 1932, cuando el cuartel O’Donovan fue capturado por las huestes apristas, luego de lo cual el Gobierno mandó bombardear la ciudad de Trujillo y fusilar a los responsables, como represalia contra los insurrectos.